Canciones de septiembre

Canciones de septiembre

 

Canción I

Esta noche no vale vacilar.
Esta noche nada de pensar.
Reconoce mi cuerpo, hazlo bailar.
Coge aire, respira, y vuelve a empezar.

La luna pronuncia susurrando
tu nombre; suave y tranquila.
Ilumina el camino de tus pies, sorteando
la noche que nace mientras muere el día.

Silencio en el bosque de los recuerdos amargos.
Asustado te muestras, quizá desesperado.
Un lazo de luz emerge del interior, sollozas.
Brillas y te desmoronas. Eres honesto y reaccionas.

El tiempo corre, pero no tienes apuro.
Nuestro momento es presente, fugaz.
Me observas, truena, flaquea el muro.
Esta noche envuelve un sentimiento sagaz.

Canción II

En este momento
no es cuestión de suerte.
Ahora ya soy fuerte
Se fueron las ganas de verte.

Te dejo la puerta abierta.
No trates de enredar.
Este adiós no es temporal
Está escrito, es el final.

Parece que la lluvia vuelve,
como vuelves tú cada septiembre
a desearme buena suerte,
como si yo fuera a retenerte

No hay mayor temor
que la falta de valor.
Quien vende su corazón
frustra toda su pretensión

Aquel lunes hiciste lo peor.
Aquel lunes fue tu perdición.
Besaste a aquel guapo faltón.
Trazaste un punto final en el renglón.

Canción III

Corre brisa cuando llega el ocaso.
Una pareja pasa sonriente, amable.
Cantan las aves, el mar escucha afable
el sonido mudo del corazón indomable

Apenas unos destellos invitan a soñar.
Se van las hojas al desván a descansar.
Hace frío glacial y duele respirar.
Aire, que etéreo, la piel quiere recorrer y oxigenar.

El sueño inquieto asoma resplandeciente.
Atrapa al ingenuo, también al indulgente.
Gira en torno a un contenido indecente.
Cierro los ojos. Ya no regreso al presente.

En Oriente el sueño tartamudea.
Ahora no hay rey ni ley que sea.
Si no eres, no estás. No armes pelea.
El sueño tambalea, termina la odisea.

Canción IV

Complicada resultó aquella insólita madrugada.
En el puerto esperaba una joven amedrentada.
Despojada de ropas y dinero, pálida y con miedo.
Sin rastro de oscuras sombras, envuelta en fredo.

Pienso en las sombras, pienso en alto, pienso en ti.
Que con el alba te transformas en puro frenesí.
Tus pasos siento y miento si digo que no te creí
capaz de volar en nubes de algodón color carmesí

Tus ojos observo desde la confianza de no ser visto.
Tu rostro mientras duermes activa mi instinto.
Tu blanca tez rozo con delicado devaneo divino.
Tu pasado envuelve tu verdad y te avoca a tu destino.

El agua empapaba los poros de la joven sin discreción.
Mi cuerpo lo cubren heridas venidas de la desazón
Salir corriendo quiero; lejos, sin dirección.
Tan lejos que no me encuentren el amor ni la razón.

Canción V

Son ya muchos kilómetros sobre el mapa.
Ideas futuras ansiadas y recuerdos en forma de chapa.
Cuando el océano pretendes y solo tienes ganas
no vale conformarse con estanques donde solo viven ranas

Las plazas vacías esperan ídolos con mensajes de revolución:
un giro necesario en el guion; aliento y reacción.
Los cuerpos inquietos esperan almas con poder de seducción:
una puerta abierta al delirio y a la ciencia ficción.

Está Caronte presente en nuestras vidas: es fuerza motor.
Mientras jugamos con el agua, él prepara un ciclón.
El otro lado indeseado, fuente de elucubración.
Acecha el rayo que irradia valentía en medio del paredón.

No existe solución para el prejuicio y la ambición.
No existe tensión mayor que el miedo al apagón.
Cuando la luz mengüe, una estrella fugaz guiará tu decepción.
Cuando la barca parta, seguirás brillando bajo el sol.

Canción VI

Las vidas son los ríos y las muertes son los mares.
Demasiado tarde comprendí que quería hacer las paces.
Víctima de las corrientes; inmensas, voraces.
Nadie advierte de lo efímero de las pasiones carnales.

El fin de los días infinitos en medio de la expectación.
La llegada de la nueva era de días breves y maratón.
El demonio con su testimonio creará devoción.
Ya es tarde para creer en figuras presas de maldición.

Tu aroma invadiendo mi territorio sin permiso
podría haber dado lugar a una guerra de improviso.
Tu mano en mi cintura, una pelea a la altura.
Con un movimiento labial que terminó por ser fatal.

Concluye esta breve jornada y tus pasos decididos avanzan.
Las olas anuncian tempestad, las sirenas cantan.
Se ha soltado tu mano, frías lluvias proclaman.
Las lágrimas saladas que de tus ojos emanan.

Canción VII

Ya es posible oler el final.
Despedida envuelta en oro y cristal.
Huele a ausencia rociada de aroma otoñal.
Vacío en las entrañas, cuando quema este frío infernal.

Otro vendrá a ocupar este lugar que dejas.
Ese clavo del que tanto hablas mientras te quejas.
Entonces tu colmena dejarás y solas quedarán las abejas.
Sentir la libertad y enviar los infortunios entre rejas.

Volver a empezar me recuerda una canción
de las que disfrutabas con cada nueva reproducción.
Nada podía estropear ese momento y la sensación
de que el mundo se detiene si tomas las riendas de la pasión.

No hay vuelta atrás y es ya muy tarde para promesas.
Otro amanecer acecha y golpea todas tu metas.
Confiar en el nuevo día es tan incierto que rezas.
Sin ser consciente de que la vida está llena de rarezas.

 

Vivas, siempre.

Vivas, siempre.

Hieres, rasguñas, golpeas su rostro en el espejo.
No cesas, no detienes tu carnicería, no lo intentas.
Sangre derramada por los cuatro costados.
No pestañeas ante el ser inerte que ahora contemplas.

Llegas y sentencias, sin palabra ni mediación.
Esa voz clavada en las costillas clamando el fin.
El fin del apaleamiento sin condiciones, ni alegaciones.
La navaja en la yugular de la víctima inocente.

Mentiría si dijera que no te quise encarecidamente.
Sin tapujos ni clichés te declaré mi amor.
Poco lúcida debía yo hallarme aquellos días
para que tu entendieses que amor era dolor en las entrañas.

No puedo negar que he cumplido mi papel.
Solo que aquí, la obra, no termina tras el telón.
El fin lo deciden otras manos, otros ojos, otro cielo.
Yo, quizá, a lo mejor, en alguna ocasión, nunca.

Volvería a sentir mariposas en la tripa
para dejarlas volar libremente, lejos, fuera de mí.
Así, podría redimir, combatir, fluir.
Para ser, ante todo, la única deudora de mis pasos en falso.

Princesa de cuento de hadas

Princesa de cuento de hadas

Me llamo Claudia y hoy siento que el frío se ha apoderado de mí. De mi vida, de mis recuerdos, de mi ser. De todo lo que por un tiempo había sido suficiente. Pero al final nada lo es. Confiamos en un acuerdo sin contrato, vivimos al límite de nuestras posibilidades, pero actuamos con absoluta normalidad. Sin más. Con la filosofía de que cada mañana volverá a salir el sol. Creamos un pasadizo entre lo que hay fuera y lo que corre por nuestras venas. Sangre roja, un fuego ardiendo sin control, quemando, haciéndonos libres, o quizá prisioneros. Me flaquean los huesos y mi cabeza da vueltas y vueltas sin parar; mi vida, una montaña rusa y tu ausencia, un naufragio a la deriva.

Los pétalos seguían agostándose junto a la ventana. Cada hora uno menos, cada hora una palabra más. Se clavaba en su mirada como un dardo punzante, doloroso, de los que dejan marca. Y destruyen. Claudia sentía como su interior se descomponía en mil partes irreconciliables, su esencia se esfumaba y su única vía de escape sólo conseguía catapultarla a otras realidades. Eran familiares, agradables, incluso acogedoras. Se mezclaban con su propia realidad, ha hacían mejor, pero querían apoderarse de ella y no podía permitirlo. No, no podía. No.

Se había dejado ya más de trescientos euros desde que acudía a la consulta del doctor Ekerman. Trescientos euros tirados porque desde el inicio, su ansiedad había crecido y su autoestima continuaba bajo tierra, a espera de que algo o alguien lograsen traerla de nuevo a la superficie. Claudia no estaba preparada para recibir ese golpe. Esas cosas sólo se escuchaban en la tele y sólo les pasaban a los demás. Ella era diferente. Su vida era idílica, envidiable, perfecta. “Vaya ingenua”. Se sentía estúpida, una gran mierda. Incapaz de reaccionar, de anteponerse a las situaciones, de demostrar lo adulta que decía ser. En el fondo, Claudia no era más que una adolescente crecida, mayor de edad pero sin dos dedos de frente. Y al final, todo eso le había pasado factura.

Moría el día. Se avecinaba una nueva noche de insomnio. De pesadillas. Y de culpa. De echarse toda la culpa encima, arrepentirse una vez más y pensar en hacer gilipolleces, como si lo que había pasado no hubiera sido suficiente. Su mente proyectaba una y otra vez aquella imagen. Claudia quería, necesitaba gritar basta, pero era consciente de que de nada serviría. Rajarse las venas parecía la opción más rápida y sencilla. Cada día se concienciaba para ello, pero en el momento clave se echaba para atrás. No era más que una cobarde, pensaba. Lo había sido toda su vida. Siempre refugiándose tras los demás, tras el grupo. Con la risa floja e hipócrita por delante. ¿Ahora dónde estaba el grupo? Tantos consejos, tantas tardes de cervezas, tantas fiestas a hurtadillas, y ahora indiferencia. Como quien ve a un fantasma y huye. La diferencia es que los fantasmas no tenían sentimientos, pero ella sí. Claudia se encontraba ahora del otro lado. Y sufría como tantos otros habían sufrido por no pertenecer a la estirpe del grupo.

Había una canción que no lograba quitarse de la cabeza. Todo ese tiempo la había acompañado, y eso que ella detestaba a grupos como aquel, con letras insuficientes y ritmos demasiado iguales. Pero en esa ocasión, la letra parecía querer entender su situación. Se veía reflejada y eso lograba aliviar su congoja por un instante. Y pensar que su sueño era ser la nueva estrella del pop. Apenas tenía chorro de voz y carecía de dotes para componer. Pero su imagen molaba, era de flipe. Al día con las últimas tendencias y modas estúpidas, con la única finalidad de escuchar aquel “que bien viste esta chica” o “cualquier día te vendrán a llamar para ser asesora de moda”. Con tal de escuchar eso, las horas frente al espejo arreglándose y el dinero invertido en ropa eran mal menor. Arrasaba por donde pasaba y en sus redes sociales era aclamada como una auténtica diva. El sueño de cualquier chica de su edad, creía. Estaba tan equivocada. Había cosas mucho más importantes que el aspecto y el revuelo social. Cosas tan valiosas como efímeras. Se podían escapar en cualquier momento, como se escapa volando un globo a un niño de cinco años en la feria, para no regresar nunca. La palabra “nunca” la decimos muy a menudo pero no recapacitamos lo fuerte, contundente y decisiva que es. “Nunca” significa que no más, que se acabó para siempre, que el camino sigue, pero en solitario. Y solos, somos más débiles y sale a florecer el interior, el verdadero yo, oculto tras capas y capas de maquillaje. El que siente y padece. Sobre el que recae todo nuestro mal. El que explota cuando ya no puede soportar más dolor. El que rasga las vestiduras y nos deja desnudos a la intemperie. Ante el peligro del mundo exterior, sin barreras de ningún tipo. Tragamos saliva, una vez, dos veces, tres. Cerramos los ojos y nos mordemos los labios. Impotencia. El vaso medio vacío. Y llega la lágrima. Va a su ritmo, despacio. Recorre la superficie del rostro y termina diluyéndose en la punta de nuestros pies. Nuestros codos golpean la pared, suavemente nos dejamos caer, hasta terminar una vez más sobre el suelo. Nos rendimos, pero como siempre, llegamos tarde. Impuntuales hasta en los momentos decisivos. Observamos detenidamente nuestras manos. Vienen a cubrirnos el rostro, que ahora se ha inundado por culpa de una sinuosa cascada. Pese a todo, el vaso continuaba medio vacío y la situación parecía no ofrecer síntomas de cambiar.

Era una gélida mañana de enero. Claudia iba por la calle camino del centro, donde había quedado con los que consideraba sus amigos. Pero una llamada impidió que llegase a su destino. Era grave. Entre la vida y la muerte. Había que operar de urgencia. Quizá no pudieran despedirse. En ese instante, su cerebro se bloqueó. No tenía tiempo de lamentarse, pues quizá no llegaría a tiempo.

En algo más de media hora llegó al hospital. Ver a sus padres rotos no hizo sino destrozarla a ella. Por dentro y por fuera. De golpe, sin avisar. Las situaciones trágicas no tocan a la puerta, entran sin permiso y se llevan sentimientos, momentos, personas. Amalia no salió con vida de aquella sala. Claro que había deseado su muerte, claro que le había dicho que desapareciese de su vida, claro que había manifestado su ira contra ella. Pero en el fondo Amalia era su hermana y por muy mal que estuviera su relación, Claudia la quería. Aunque hasta aquel momento no fue consciente de hasta dónde llegaba su amor por su hermana mayor. La que siempre le echaba la bronca, la que siempre la advertía, la que siempre la sacaba de quicio. Pero también, la que siempre la cuidaba cuando estaba enferma y sus padres trabajaban, la que siempre tenía un detalle sin motivo aparente, la que, a fin de cuentas, siempre estaba ahí. La única que verdaderamente miraba por ella, la única que se preocupaba por cómo estaba llevando su vida. Claudia nunca había entrado en razones con Amalia. Pensaba que se creía más inteligente por ser mayor y no prestaba atención a sus palabras. Ahora ya nunca más las escucharía. Nunca. Se la habían arrebatado. A ella, la chica perfecta de cuento de hadas.

La primera semana tras el suceso, perdió el control sobre su razón y recuerda todo muy borroso, como una resaca que se había prolongado más de lo habitual. Al entierro de Amalia, además de familiares y vecinos, sólo se presentaron Carla y Samanta, sus dos mejores amigas, con las que compartía todo y las cuales se pasaban media vida en su casa. De  sus decenas de amigos, ni uno solo se dejó caer por allí. Ni si quiera un mensaje de apoyo en los que estaban siendo los peores días de su corta vida.

El tiempo cicatriza heridas, pero la herida de Claudia permanecerá siempre abierta. Siempre. Fue necesaria la pérdida de Amalia para comprender que solo quien realmente nos quiere, nos dice lo que es mejor para nosotros, y no lo que queremos oír; que hay que saber escuchar al resto, aunque nuestra opinión sea diferente, pues podemos aprender mucho y ver que existen diversas formas de enfocar las situaciones, las cuales pueden ser complementarias y no solo opuestas; que debemos evitar el rencor y el odio y centrar nuestra energía y nuestra vitalidad en disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, y de la gente que por propia voluntad decide compartir sus momentos con nosotros.

Cada jueves, Claudia visita a su hermana y le lleva una bonita rosa roja. Mira su foto y recuerda el último abrazo que se dieron, el último beso, la última vez que le dijo “te quiero, hermana”. Ahora lo hace cada vez que acude a su encuentro. Habla con ella y le cuenta todo lo que ha ido aprendiendo, que ha conocido a gente nueva y que realmente vale la pena, y que ahora tiene las ideas mucho más claras. Le encantaría que pudiera verla progresar y comprobar cómo paulatinamente se convertía en una mujer madura y admirable. Cuando se despide, aquella lágrima de sus días de tinieblas vuelve. De nuevo recorre su rostro y cae. La diferencia es que ahora no lo hace en vano. El vaso vuelve a estar medio lleno.

Días de Guerra

Días de Guerra

“Ninguén nos quere” Aquela frase gravárase xa para sempre no seu maxín. Papá xa non conservaba a esperanza, mesmo quizais nunca a tivera. Deambulaban no camiño da desolación, dos días de penumbra e das miradas apagadas. Vivían nunha noite infinita na que a lúa era un mísero aderezo entre miles de estrelas que se esqueceran de alumear as súas vidas.

Infancia. Sen dúbida, a mellor etapa da nosa curta existencia. Os nenos eran portadores desa inocencia que co paso dos anos acababa por atenuar. Sempre dispostos a tirar para diante e a crer nas súas posibilidades, por moi remotas que foran. En momentos difíciles, eran ese osíxeno extra necesario para enfrontarse a un novo día.

Mateu sentíase inmerso nunha película de aventuras na que se producira un cambio de roles. Xa non era un mero espectador, senón todo un protagonista. Non sabía a quen se enfrontaban, nin os motivos da contenda, mais o que tiña claro era que o principal obxectivo era a supervivencia, así que polo momento debía permanecer á retagarda e reservar as enerxías para máis adiante.

Nunca oíra falar de Galicia aínda que España resultáballe familiar porque seu pai era un gran afeccionado do fútbol e sempre falaba marabillas dos equipos españois. Agora compartiría terra cos ídolos do seu proxenitor, sendo o seu destino inmediato unha cidade misteriosa. Segundo lle contaran corría o rumor de que esta fora invadida por un brote de novos dinosauros e que estes estaban a aparecer por tódolos recunchos, presentando formas diversas e algúns chegando a impresionar debido ao seu enorme tamaño.

Puxérase a noite e todos durmían. El non podía. Chegara o inverno e as baixas temperaturas comezaban a dificultar o descanso nocturno. Polo momento conservaban roupa de abrigo e unha tenda onde albergarse, mais pronto chegarían as enfermidades derivadas das condicións tan infrahumanas nas que se vían obrigados a vivir. Aínda que nos últimos tempos parecía só haber persoas crueis, Mateu confiaba en que nalgunha parte da inmensidade da esfera terrestre, habería persoas que sentiran compaixón por el e pola súa familia. Por desgraza, o tempo corría na súa contra e os días pasaban un detrás doutro sen recibir algunha nova que lles fixera recuperar a ilusión.

Deixar todo atrás e comezar unha nova vida. Era tan alentador como terrorífico. A sensación de que vas ser sempre un impostor, de que vas vivir unha vida pensada artificialmente para ti, de que a túa esencia se agochará no teu interior e acabarás por esquecer o escondedoiro. Era unha tarde de comezos de outubro. O verán xa fora quedando atrás para dar paso a un outono de agradables temperaturas e escasas chuvias, que permitía unha cómoda transición dunha estación a outra. Tocaba pisar terra de novo. Non sabía que se ía atopar nin como reaccionaría. Mais un sorriso dun dos seus compañeiros proporcionoulle a calma que precisaba. “Agora había que seguir ata o final”, dicíase.

“Nacemos para morrer, somos efémeros”. Sabiámolo, claro que o sabiamos. Pero se a vida xa resulta dura de por si, optamos por non pensar máis aló; non cómpre atormentarse sen necesidade. Mais cando a morte chama á porta, a realidade golpéanos nos fociños. Levaban xa varios días sen apenas nada que comer e cada novo paso que daban era un esforzo descomunal. Pero tiñan unha razón para continuar. Atopábanse preto da fronteira, onde habería unha gran concentración de persoas e era probable que recibiran axuda do exterior. Mateu estaba ilusionado e sacaba forzas de onde xa non  quedaban. En cambio, súa irmá mostrábase desanimada. A súa cara era unha mestura de ira e impotencia. Sempre fora ben delgada pero dende que emprenderan esta aventura de supervivencia, perdera aínda máis quilos e o seu aspecto era desconsolador. Nunca se levaran ben de todo. Aínda así, Mateu sentía un grande aprecio por ela, era a súa única irmá e queríana moito. A irmá, chamada Gretta, acostumaba quedar sempre atrás, pero de vez en cando descansaban para recuperar enerxías e de paso non afastárense moito dela. Unha mañá, Gretta non chegou ao punto de descanso. Podía tardar un pouco, mais aquilo excedía con moito o habitual. A preocupación inundando os corpos e as primeiras bágoas, seguidas de incerteza e temores. Volveron sobre os seus pasos e ao pouco, alí estaba. Tirada no chan, sen respiración, xa demasiado lonxe da súa familia.

O aeroporto era bastante concorrido aquel día. Moitas persoas: novos, adultos, anciáns; todos moi diversos pero sobre todo moi diferentes a el e a como recordaba ás persoas que vivían na súa contorna. Occidente era outro mundo, outra cultura, un novo horizonte que estaba a piques de descubrir. Había moitas cámaras e moitos homes e mulleres facendo preguntas a toda présa. Entre eles atopábase un señor importante que viña recibilos. Dixéronlle que se trataba do alcalde. Unha vez concluído o rebumbio xerado, todo volveu á normalidade e puideron saír paseniño de alí. Despois da longa viaxe, o principal era comer algo e descansar para afrontar o día seguinte con toda a emoción que suscitaba.

Non podía crer que Gretta xa formara parte do pasado por culpa dun presente que procuraba un lategazo tras doutro. Despois dun enterro improvisado e coa única presenza de Mateu e seus pais, déronlle a última despedida á rapaza, quen non chegaría nunca a saber se a misión era completada. Aínda que tampouco sufriría máis por culpa dun traxecto que semellaba eterno por momentos. Mamá precisaba de medicación, xa que levaba uns días cun catarro bastante forte e papá entre a perda da súa filla e a preocupación pola saúde da muller, estaba a piques de caer nunha depresión. A situación chegara ao seu extremo e se non daban deseguido coa fronteira, presaxiábase un tráxico final.

“Bos días” Non sabía aínda o significado destas palabras pero intuía que era unha fórmula de cortesía que se dicía polas mañás. El falaba tuareg e persa, mais esperaba aprender galego en pouco tempo. Algúns compañeiros tiveran a sorte de ser recollidos por familias que se encargarían deles a partir de agora, aínda que seguirían a estar en contacto. Mateu tivo unha agradable primeira impresión na súa nova casa e agora era o momento de coñecer cada un dos recunchos da cidade olívica. Achegáronse ao porto, dende onde puido observar ao lonxe unha serie illas coñecidas como o arquipélago das Cíes. Quedou tan marabillado que deseguido manifestou o seu interese por visitalas. Do mar ao monte. O Castro era un lugar fascinante onde poder pasear, despexar e observar as fermosas vistas que se apreciaban dende as alturas. O día culminouse co que Mateu máis agardaba, a visita ao dinosauro. Facíaselle curioso que tiveran a un ser desas características no pleno centro da cidade mais pensaba que serían costumes occidentais e coas ganas que tiña de comtemplalo cos seus propios ollos, non lle deu máis voltas.

No seu peor momento, un milagre caído do ceo revolucionou as súas vidas. A axuda internacional chegara e a súa proximidade á fronteira permitiu que foran atopados por un equipo de salvamento. Pero non todo podían ser boas novas. Mateu debía tomar unha dura decisión. Continuar con seus pais sen ningunha garantía de chegar a bo porto ou comezar unha nova vida moi lonxe deles, quizais para non volver a velos nunca máis. A vida non entendía de idades nin de delicadeza; cando lle tocaba ser dura, non había nada nin ninguén que puidera detela.

Son xa seis meses aquí. A primavera trouxo consigo a súa fermosura e a súa brillantez, e os días en Vigo son do máis agradables para Mateu. Xa case domina o galego e en setembro dará os seus primeiros pasos na escola, algo que lle produce unha enorme satisfacción. Gretta permanece constantemente no seu pensamento e sempre pronuncia unha oración no seu nome, ao igual que no dos seus pais, aos que aínda ten a esperanza de volver a ver algún día.

A valentía de Mateu viuse recompensada cunha nova oportunidade para deixar a súa pegada neste mundo deshumanizado e carente de valores. Por desgraza, moitos Mateus corrían cada día o risco de perder a partida e abandonar un xogo que nos conducía directamente á completa destrución.

La defensa de una ilusión o quizá una ilusión indefendible

La defensa de una ilusión o quizá una ilusión indefendible

Vivir creyendo que lo bueno está por llegar. La realidad en la cara y lluvia. Un relámpago de advertencia, seguido de un estruendo que golpea donde más duele. Palabras que resuenan en el interior, en tu interior, y dicen “BASTA”. Desatendiéndose de lo que realmente sucede fuera.
Sonrisas vacías y heridas repletas. De intención, de vanidad, de narcisismo, ¿de amor? Promesa día tras día y fracaso noche tras noche. En un vaivén entre la integridad y la deriva.
Condenada siendo inocente.
Conforme con la medianía, a pesar de rozar la cima.
Destinada al precipio y tras él… Un poco más de lluvia.

Cuando la vida aprieta sentimos Vértigo y esperamos la Sentencia

El descontrol seguido de la imprudencia. La vía iluminada de seres enfundados en sus abrigos para combatir el frío. La lluvia congelada quería perpetuarse sobre la ciudad, sobre cada esquina, sobre su corazón. El unísono de los coches circulando no era suficiente para abandonar el estado de perplejidad, de angustia, de lágrimas resbalando por las mejillas hasta rozar suavemente la dura y fría calle.
La carrera más larga, la que nunca se iba a terminar. Correr para olvidar y el recuerdo que permanecía grabado en lo más profundo del alma, allí donde ni el más sabio podía llegar. Oscilar entre la pena y la herida conduce a no encontrar consuelo y evitar cualquier salida. Entonces, las palabras desaparecen y nace el grito. A simple vista, el fin de la angustia; a la larga, la derrota antes de comenzar la lucha.

Poema muy especial destinado a unos novios que se van a casar

Poema muy especial destinado a unos novios que se van a casar

Dibujamos cada día una nueva historia,
en este sendero de rosa y espina.
Mientras aquella figura divina
permite que acariciemos la victoria.
Los lazos del destino han querido.
La travesía ha continuado su camino
y ahora cada sonrisa es testigo.
Hemos alcanzado nuestro objetivo.
Once pasos de ilusión y de incerteza.
La lluvia nos ha hecho perder la entereza,
pero el corazón ha sabido segar la maleza.
Este amor ha demostrado su gentileza.
Su fruto, la más bella flor del firmamento.
El más grande tesoro de todo el universo.
Hoy iniciamos una nueva ruta en nuestro mapa.
Hoy ponemos rumbo hacia nuestra vida soñada